El retrato de Dorian Gray
El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde [1890]. Puro arte, superfluo y delicioso, oda a la belleza y al placer sin fronteras, deseo de juventud eterna y melancolía por la juventud que se perderá. Por esta descripción no es el típico libro de mi elección, pero quizás por eso lo he disfrutado aún más.
Su autor es brillante y genial como ninguno a quien haya leído hasta ahora, contemporáneo y atemporal, perfectamente integrado en su sociedad que no le limita ni define, y su única novela más profunda de lo que aparenta.
El argumento es simple y no promete, un joven aristócrata Dorian Gray “bello y perfecto” sirve de modelo para un retrato que resulta maravilloso, obra maestra del autor. Da pena que la juventud del modelo desaparezca y tal perfección se marchite y desaparezca, mientras la belleza del retrato puede conservarse para siempre.
Pero “y si el retrato fuese el que envejeciese en lugar del modelo?”.
Según pasan los años, el aspecto de Dorian permanece inalterable mientras su retrato envejece y muestra la corrupción de su alma por sus vicios sin moral ni límites ni fin, por lo que se entrega aún más a su pasión por el vivir y el placer sabiendo que no sufrirá los estragos que causa tal vida. Años y años de apariencia adolescente pura y bella, vanidad y hedonismo.
Los tres protagonistas son un reflejo del propio autor, su materialización dependiendo del cristal con el que se le mire. El joven adolescente que hubiese deseado ser en apariencia (desde y para siempre), el vividor aristócrata culto, cínico e inmoral al que aspiraba a convertir su alma y el profesional del arte reprimido, decadente y victoriano que vislumbra ambos mundos pero no se atreve, que muestra la esencia de las cosas pero se guarda la propia.
Hay mucho del propio autor en la obra, incluidos sus propios vicios y deseos (“lo único que vale la pena en la vida es la belleza, y la satisfacción de los sentidos“), la forma de satisfacerlos le llevó a la cárcel, la traición que sufrió por su propio Dorian. Wilde no buscaba la felicidad sino la belleza, y únicamente encontró belleza en la juventud, en la propia y en la ajena que a su vez le resaltaba su propia pérdida. Su vida, al igual que su única novela, no podía acabar de otra forma.
Esta obra es como Wilde, compleja y contradictoria en su supesta sencillez y claridad. El pintor es el autor del retrato, el aristócrata es el autor de la corrupción del modelo. La novela es una letanía de Wilde que se odia a sí mismo por ser capaz de crear algo eternamente bello mientras él mismo no puede retener su propia belleza (juventud), su bien más preciado, la expresión escrita de su más ardiente deseo de retener su propia belleza eterna en lugar de crearla.
El libro está lleno de frases dignas de citarse y recordarse, tan bellas como carentes de utilidad, así que destacaré otra cita de Oscar Wilde, que no pertenece a este libro:
Escribí cuando no conocía la vida. Ahora que entiendo su significado, ya no tengo que escribir. La vida no puede escribirse; sólo puede vivirse.
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William Ernest Henley


