Archive for November, 2008

De como Röntgen descubrió los rayos X

Monday, November 3rd, 2008

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Según relata el libro “Marie Currie. Genio Obsesivo” de Barbara Goldsmith:

Wilhelm Conrad Röntgen           Apenas cuatro meses después de casarse los Curie, el día de Año Nuevo de 1896, Wilhelm Conrad Röntgen, un profesor de física poco conocido, se encontraba delante de un buzón de correos con varios paquetes pesados en la mano que iban dirigidos a conocidos físicos de Alemania, Inglaterra, Francia y Austria. Röntgen era uno de esos científicos que no formaba parte de la comundidad de físicos prestigiosos y que, igual que Pierre Curie, había enseñado en una escuela técnica, la Politécnica de Zurich. A los cuarenta tres años, tras muchos años de marginación, le fue ofrecida por fin una cátedra de física en la Universidad de Múnich.
Röntgen había investigado los rayos catódicos. En 1831, Michael Faraday había añadido a los tres estados conocidos de la materia-sólido, líquido y gaseoso- un cuarto que llamó “materia radiante”. Para ello demostró que si se aplicaba una corriente eléctrica a un terminal negativo en uno de los extremos de un tubo de vidrio del que se hubiera extraído el aire, una corriente de rayos invisibles cargaba un terminal positivo en el otro extremo. Pero no fue hasta 1876 cuando el físico alemán Eugene Goldstein acuñó el nombre de “rayos catódicos” para describir estos rayos invisibles, que podían detectarse por la luz que generaban en un tubo (hoy sabemos que los rayos catódicos son partículasRepresentación del Tubo de Crookes de rayos catódicos cargadas negativamentes, o sea, electrones). El viernes 8 de noviembre de 1895, Röntgen estaba solo como siempre en su laboratorio. Realizó un experimento en un tubo de Crookes utilizando un ánodo y un cátodo en cada extremo (en otras palabras, un electrodo positivo y uno negativo, por los que la electricidad entra y sale del tubo). Lo conectó a una bobina de inducción de коли под наемRühmkorff (que generaba una cantidad controlable de corriente eléctrica). Cuando redujo la presión dentro del tubo por medio de una bomba manual para crear un vacío y descargó la corriente eléctrica, pudo observar un haz de luz entre el ánodo y el cátodo y una débil luminiscencia. Röntgen quería comprobar si se escapaban algunos rayos de luz (catódicos) del tubo, pero se lo impedía la luz que había en la habitación. Bajó las persianas y cubrió el tubo con un trozo de cartón negro y repitió el experimento. Röntgen observó algo extraordinario: en otra zona del laboratorio había una mesa de trabajo en la que descansaba una pantalla impregnada de platinocianuro de bario, sustancia fosforescente que había utilizado en otros experimentos. Esa pantalla, que se encontraba alejada, ahora brillaba con una luz resplandeciente.

Años más tarde, cuando le preguntaron a Röntgen qué pensó en ese momento, respondió diciendo: “No pensé, investigué”. Repitió el experimento de nuevo con los mismos resultados. Entonces alejó aún más la pantalla y la apartó del tubo. Cuando aplicó la carga eléctrica, los resultados fueron los mismos. El laboratorio estaba a oscuras -la luz visible no podía ser el estímulo- y el tubo estaba tapado para que no pudieran escaparse los rayos sin ser vistos. Sin embargo, éstos habían traspasado el cartón, habían atravesado el aire y habían activado la pantalla. Röntgen se dio cuenta de que había descubierto fortuitamente un nuevo tipo de rayo. Llamó “Rayos X” a estos misteriosos rayos (X es el símbolo de una incógnita en matemáticas).

Röntgen prohibió la entrada de visitantes en su laboratorio. Durante las ocho semanas siguientes, trabajó ininterrumpidamente y en secreto, comiendo y durmiendo esporádicamente. Hizo un experimento tras otro. Probó a desviar los rayos colocando la mano entre el tubo y la pantalla. Después de eso, colocó madera, papel, caucho y otros materiales en la misma posición, observando así su estructura interior en un “röntgenograma” o “radiografía“, como se llamó posteriormente. Observó que las placas de vidrio brillaban con mayor o menor intensidad según la cantidad de plomo que contuvieran (hoy sabemos que los materiales que tienen una baja densidad de electrones como el aluminio permiten la libre transmisión de los rayos, mientras que los que tienen la mayor concentración de electrones, como el plomo, la bloquean). El descubrimiento de Röntgen pronto encontraría aplicaciones médicas, ya que era un instrumento inestimable para ver el interior del cuerpo humano. El tejido vivo permitía el paso de los Rayos X, mientras que el metal, como una bala de plomo o un alfiler tragado, que tenían más densidad de electrones, no.

Para crear imágenes permanentes, Röntgen sustituyó la pantalla por placas Mano de Berthafotográficas que recogían las claras imágenes del interior de los objetos; una caja de madera cerrada mostraba una moneda en su interior. Finalmente, le pidió a su mujer, Bertha, que fuera a su laboratorio. Le dijo que pusiera la mano sobre una placa fotográfica dirigiéndole Rayos X durante quince minutos. Los huesos de la mano de Bertha, portando un anillo, quedaron claramente grabados.
Bertha, asustada, pensó que era una premonición de su propia muerte. Eran estas imágenes de sombras las que Röntgen había mandado por correo el día de Año Nuevo. Dos semanas más tarde, un periódico vienés, el Die Presse, publicó la imagen de sombras de la mano de Bertha. Iba a convertirse en una de las fotografías más famosas del mundo.

Mientras que en las reuniones científicas se admiraba el avance médido de Röntgen, la reacción de la opinió pública ante los rayos X fue de histeriaGafas rayos X sensacionalista. El káiser Wilhelm II mandó llamar a Röntgen para que hiciera una demostración circense de sus milagrosos rayos, tras lo cual se le concedió la Orden de la Corona. Cuando los Rayos X se difundieron por todo el mundo, pronto se convirtieron en el tema de muchas historietas: maridos que espiaban a su mujer por medio de Rayos X a través de puertas cerradas, prismáticos de Rayos X que mostraban a la gente desnuda bajo la ropa. Un legislador de New Jersey tomó medidas para prohibir los Rayos X, calificando su potencial de “lascivo”. Una empresa londinense vendió trajes a prueba de Rayos X. Un periódico propuso en serio que las facultades de medicina utilizadan los Rayos X para instalar diagramas y fórmulas directamente en el cerebro de los estudiantes.

Röntgen estaba horrorizado. Manifestó su indignación ante la imposibilidad de reconocer su propio trabajo en lo que leía, afirmando que su descubrimiento había quedado eclipsado por su nueva notoriedad. Se quejó de que la fama interfería en su trabajo. En 1901 se le concedió el primer Premio Nobel de física. Aunque era pobre, donó a instituciones benéficas los aproximadamente setenta mil francos oro del premio. También se negó a patentar su descubrimiento. Lo que le ocurrió a Röntgen era una premonición de lo que pronto les ocurriría a los Curie.

Bobina de inducción de Rühmkorff

Sobre la falsa memoria política (Carl Sagan)

Monday, November 3rd, 2008

 El pasaje que copio en este post pertenece al libro: El Mundo y sus Demonios. La Ciencia Como una Luz en la Oscuridad, de Carl Sagan, publicado por primera vez en 1995. El libro es esclarecedor en multitud de asuntos, creo merece mucho la pena leerlo. Ahí va el fragmento:

Portada del libro originalPortada de la versión en castellano

“El Estado tiene derecho absoluto de supervisar la formación de la opinión pública”, dijo Josef Goebbels, el ministro de Propraganda nazi. En la novela de George Orwell 1984, el estado “Gran Hermano” emplea a un ejército de burócratas cuyo trabajo es alterar los registros del pasado de acuerdo con los intereses de los que detentan el poder. 1984 no era una fantasía de compromiso político; se basaba en la Unión Soviética estalinista, donde se institutonalizó la reescritura de la historia. Poco después de que Stalin llegara al poder, empezaron a desaparecer las fotografías de su rival Liev Trotski, figura monumental en las revoluciones de 1905 y 1917. Ocuparon su lugar cuadros heroicos y totalmente antihistóricos de Stalin y Lenin dirigiendo juntos la Revolución bolchevique, mientras Trotski, el fundador del Ejército Rojo, no aparecía por ninguna parte. Esas imágenes se convirtieron en iconos del Estado. Se podían ver en todos los edificios de oficinas, en vallas publicitarias a veces de diez pisos de altura, en museos, en sellos de correos.
1984          Las nuevas generaciones crecieron creyendo que aquélla era su historia. Las generaciones anteriores empezaron a pensar que recordaban algo, una especie de síndrome de falsa memoria política. Los que conseguían acomodar sus recuerdos reales a lo que los líderes deseaban que creyeran, ejercitaban lo que Orwell describió como “doble moral”. Los que no podían, los bolqueviques viejos que recordaban el papel periférico de Stalin en la Revolución y el central de Trotski, eran denunciados como traidores o pequeño-burgueses incorregibles, “trotkistas” o “trotsko-fascistas”, encarcelados, torturados y, después de ser obligados a confesar su traición en público, ejecutados. Es posible -dado el control absoluto sobre los medios de comunicación y la policía- reescribir los recuerdos de cientos de miles de personas si hay una generación que lo asume. Casi siempre se hace para mejorar el control del poder que tienen los poderosos, o para Liev Trotskiservir al narcisismo, megalomanía o paranoia de los líderes nacionales. Obstaculiza la maquinaria de corrección de errores. Sirve para borrar de la memoria pública profundos errores políticos y garantizar de este modo su repetición eventual.
En nuestra época [El Mundo y sus Demonios, de Carl Sagan, se publicó en 1995], con la fabricación de imágenes fijas realistas, películas y videocintas tecnológicamente a nuestro alcance, con la televisión en todos los hogares y el pensamiento crítico en declive, parece posible reestructurar la memoria social sin que la policía secreta tenga que prestar una atención especial. No quiero decir que cada uno de nosotros tenga una serie de recuerdos implantados en sesiones terapeúticas especiales por psiquiatras nombrados por el Estado, sino más bien que pequeños números de personas tendrán tanto control sobre las noticias, libros de historia e imagenes profundamente conmovedoras que propiciarán cambios importantes en las actitudes colectivas.

Vimos un pálido eco de lo que se puede hacer ahora en 1990-1991, cuando Saddam Hussein, el autócrata de Iraq, efectuó una transición súbita en la conciencia americana y pasó de ser un oscuro casi aliado -al que se entregaban mercancías, alta tecnología, armas, e incluso datos de satélites de investigación- a ser un monstruo esclavizador que amenazaba al mundo. Personalmente no siento ninguna admiración por el señor Hussein, pero es asombroso lo deprisa que pudo pasar de ser alguien de quien prácticamente ningún americano había oído hablar a encarnar todos los males. En estos momentos, el aparato encargado de generar indignación está ocupado en otras cosas. ¿Hasta qué punto podemos confiar en que el poder de dirigir y determinar la opinión pública resida siempre en manos responsables?

Otro ejemplo contemporáneo es la “guerra” contra las drogas, en la que el gobierno y grupos cívicos con generosa financiación Ann Druyan y Carl Sagandistorsionan sistemáticamente e incluso inventan pruebas científicas de efectos adversos (especialmente de la marihuana) e impiden que un funcionario público plantee siquiera el tema para discutirlo Hoja de marihuanaabiertamente. Pero es difícil mantener siempre ocultas verdades históricas poderosas. Se descubren nuevas fuentes de datos. Aparecen nuevas generaciones de historiadores, menos marcados ideológicamente. A finales de la década de los ochenta y aún antes, Ann Druyan y yo introdujimos clandestinamente en la Unión Soviética elemplares de la Historia de la Revolución rusa de Trotski para que nuestros colegas pudieran saber algo de sus propios orígenes políticos. En el quanquigésimo aniversario del asesinato de Trotski (un asesino enviado por Stalin le abrió la cabeza con un piolet), Izvestia pudo ensalzar a Trotski como “un gran revolucionario irreprochable” (lo que sugería que las autoridades no habían entendido nada de su historia, que se limitaba a sustituir a una figura histórica por otra en la lista de “irreprochables”) y una publicación comunista alemana llegó a describirle como: “un hombre que luchó por todos los que amamos la civilación humana, para los que esta civilización es nuestra nacionalidad. Su asesino… intentó, matándole a él, matar a esta civilización. Jamás un piolet había destrozado un cerebro humano más valioso y bien organizado”.

Entre las tendencias que trabajan al menos marginalmente por la implantación de una serie muy limitada de actitudes, recuerdos y opiniones se incluye el control de las principales cadenas de televisión y los periódicos por un pequeño número de empresas e individuos poderosos con una motivación similar, la desaparición de los periódicos competitivos en muchas ciudades, la sustitución del debate sustancial por la sordidez de las campañas políticas y la erosión episódica del principio de la separación de poderes. Se estima (según el experto en medios de comunicación americano Ben Bagdikian) que menos de dos docenas de corporaciones controlan más de la mitad “del negocio global de diarios, revistas, televisión, libros y películas”. Tendencias como la proliferación de canales de televisión por cable, las llamadas telefónicas baratas a larga distancia, las máquinas de fax, las redes y boletines informáticos, la autoedición a bajo precio por ordenador y los ejemplos de programas universitarios de profesiones liberales tradicionales podrían trabajar en la dirección opuesta.

Es difícil saber en qué va a acabar todo.
El escepticismo tiene por función ser peligroso. Es un desafío a las instituciones establecidas. Si enseñamos a todo el mundo, incluyendo por ejemplo a los estudiantes de educación secundaria, unos hábitos de pensamiento escéptico, probablemente no limitarán su escepticismo a los ovnis, los anuncios de aspirinas y los profetas canalizados de 35.000 años. Quizá empezarán a hacer preguntas importantes sobre las instituciones económicas, sociales, políticas o religiosas. Quizá desafiarán las opiniones de los que están en el poder. ¿Dónde estaremos entonces?


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