If you're new here, you may want to subscribe to my RSS feed. Thanks for visiting!
Según relata el libro “Marie Currie. Genio Obsesivo” de Barbara Goldsmith:
Apenas cuatro meses después de casarse los Curie, el día de Año Nuevo de 1896, Wilhelm Conrad Röntgen, un profesor de física poco conocido, se encontraba delante de un buzón de correos con varios paquetes pesados en la mano que iban dirigidos a conocidos físicos de Alemania, Inglaterra, Francia y Austria. Röntgen era uno de esos científicos que no formaba parte de la comundidad de físicos prestigiosos y que, igual que Pierre Curie, había enseñado en una escuela técnica, la Politécnica de Zurich. A los cuarenta tres años, tras muchos años de marginación, le fue ofrecida por fin una cátedra de física en la Universidad de Múnich.
Röntgen había investigado los rayos catódicos. En 1831, Michael Faraday había añadido a los tres estados conocidos de la materia-sólido, líquido y gaseoso- un cuarto que llamó “materia radiante”. Para ello demostró que si se aplicaba una corriente eléctrica a un terminal negativo en uno de los extremos de un tubo de vidrio del que se hubiera extraído el aire, una corriente de rayos invisibles cargaba un terminal positivo en el otro extremo. Pero no fue hasta 1876 cuando el físico alemán Eugene Goldstein acuñó el nombre de “rayos catódicos” para describir estos rayos invisibles, que podían detectarse por la luz que generaban en un tubo (hoy sabemos que los rayos catódicos son partículas
cargadas negativamentes, o sea, electrones). El viernes 8 de noviembre de 1895, Röntgen estaba solo como siempre en su laboratorio. Realizó un experimento en un tubo de Crookes utilizando un ánodo y un cátodo en cada extremo (en otras palabras, un electrodo positivo y uno negativo, por los que la electricidad entra y sale del tubo). Lo conectó a una bobina de inducción de коли под наемRühmkorff (que generaba una cantidad controlable de corriente eléctrica). Cuando redujo la presión dentro del tubo por medio de una bomba manual para crear un vacío y descargó la corriente eléctrica, pudo observar un haz de luz entre el ánodo y el cátodo y una débil luminiscencia. Röntgen quería comprobar si se escapaban algunos rayos de luz (catódicos) del tubo, pero se lo impedía la luz que había en la habitación. Bajó las persianas y cubrió el tubo con un trozo de cartón negro y repitió el experimento. Röntgen observó algo extraordinario: en otra zona del laboratorio había una mesa de trabajo en la que descansaba una pantalla impregnada de platinocianuro de bario, sustancia fosforescente que había utilizado en otros experimentos. Esa pantalla, que se encontraba alejada, ahora brillaba con una luz resplandeciente.
Años más tarde, cuando le preguntaron a Röntgen qué pensó en ese momento, respondió diciendo: “No pensé, investigué”. Repitió el experimento de nuevo con los mismos resultados. Entonces alejó aún más la pantalla y la apartó del tubo. Cuando aplicó la carga eléctrica, los resultados fueron los mismos. El laboratorio estaba a oscuras -la luz visible no podía ser el estímulo- y el tubo estaba tapado para que no pudieran escaparse los rayos sin ser vistos. Sin embargo, éstos habían traspasado el cartón, habían atravesado el aire y habían activado la pantalla. Röntgen se dio cuenta de que había descubierto fortuitamente un nuevo tipo de rayo. Llamó “Rayos X” a estos misteriosos rayos (X es el símbolo de una incógnita en matemáticas).
Röntgen prohibió la entrada de visitantes en su laboratorio. Durante las ocho semanas siguientes, trabajó ininterrumpidamente y en secreto, comiendo y durmiendo esporádicamente. Hizo un experimento tras otro. Probó a desviar los rayos colocando la mano entre el tubo y la pantalla. Después de eso, colocó madera, papel, caucho y otros materiales en la misma posición, observando así su estructura interior en un “röntgenograma” o “radiografía“, como se llamó posteriormente. Observó que las placas de vidrio brillaban con mayor o menor intensidad según la cantidad de plomo que contuvieran (hoy sabemos que los materiales que tienen una baja densidad de electrones como el aluminio permiten la libre transmisión de los rayos, mientras que los que tienen la mayor concentración de electrones, como el plomo, la bloquean). El descubrimiento de Röntgen pronto encontraría aplicaciones médicas, ya que era un instrumento inestimable para ver el interior del cuerpo humano. El tejido vivo permitía el paso de los Rayos X, mientras que el metal, como una bala de plomo o un alfiler tragado, que tenían más densidad de electrones, no.
Para crear imágenes permanentes, Röntgen sustituyó la pantalla por placas
fotográficas que recogían las claras imágenes del interior de los objetos; una caja de madera cerrada mostraba una moneda en su interior. Finalmente, le pidió a su mujer, Bertha, que fuera a su laboratorio. Le dijo que pusiera la mano sobre una placa fotográfica dirigiéndole Rayos X durante quince minutos. Los huesos de la mano de Bertha, portando un anillo, quedaron claramente grabados.
Bertha, asustada, pensó que era una premonición de su propia muerte. Eran estas imágenes de sombras las que Röntgen había mandado por correo el día de Año Nuevo. Dos semanas más tarde, un periódico vienés, el Die Presse, publicó la imagen de sombras de la mano de Bertha. Iba a convertirse en una de las fotografías más famosas del mundo.
Mientras que en las reuniones científicas se admiraba el avance médido de Röntgen, la reacción de la opinió pública ante los rayos X fue de histeria
sensacionalista. El káiser Wilhelm II mandó llamar a Röntgen para que hiciera una demostración circense de sus milagrosos rayos, tras lo cual se le concedió la Orden de la Corona. Cuando los Rayos X se difundieron por todo el mundo, pronto se convirtieron en el tema de muchas historietas: maridos que espiaban a su mujer por medio de Rayos X a través de puertas cerradas, prismáticos de Rayos X que mostraban a la gente desnuda bajo la ropa. Un legislador de New Jersey tomó medidas para prohibir los Rayos X, calificando su potencial de “lascivo”. Una empresa londinense vendió trajes a prueba de Rayos X. Un periódico propuso en serio que las facultades de medicina utilizadan los Rayos X para instalar diagramas y fórmulas directamente en el cerebro de los estudiantes.
Röntgen estaba horrorizado. Manifestó su indignación ante la imposibilidad de reconocer su propio trabajo en lo que leía, afirmando que su descubrimiento había quedado eclipsado por su nueva notoriedad. Se quejó de que la fama interfería en su trabajo. En 1901 se le concedió el primer Premio Nobel de física. Aunque era pobre, donó a instituciones benéficas los aproximadamente setenta mil francos oro del premio. También se negó a patentar su descubrimiento. Lo que le ocurrió a Röntgen era una premonición de lo que pronto les ocurriría a los Curie.
![]()


Las nuevas generaciones crecieron creyendo que aquélla era su historia. Las generaciones anteriores empezaron a pensar que recordaban algo, una especie de síndrome de falsa memoria política. Los que conseguían acomodar sus recuerdos reales a lo que los líderes deseaban que creyeran, ejercitaban lo que Orwell describió como “doble moral”. Los que no podían, los bolqueviques viejos que recordaban el papel periférico de Stalin en la Revolución y el central de Trotski, eran denunciados como traidores o pequeño-burgueses incorregibles, “trotkistas” o “trotsko-fascistas”, encarcelados, torturados y, después de ser obligados a confesar su traición en público, ejecutados. Es posible -dado el control absoluto sobre los medios de comunicación y la policía- reescribir los recuerdos de cientos de miles de personas si hay una generación que lo asume. Casi siempre se hace para mejorar el control del poder que tienen los poderosos, o para
servir al narcisismo, megalomanía o paranoia de los líderes nacionales. Obstaculiza la maquinaria de corrección de errores. Sirve para borrar de la memoria pública profundos errores políticos y garantizar de este modo su repetición eventual.
distorsionan sistemáticamente e incluso inventan pruebas científicas de efectos adversos (especialmente de la marihuana) e impiden que un funcionario público plantee siquiera el tema para discutirlo
abiertamente. Pero es difícil mantener siempre ocultas verdades históricas poderosas. Se descubren nuevas fuentes de datos. Aparecen nuevas generaciones de historiadores, menos marcados ideológicamente. A finales de la década de los ochenta y aún antes,